La hermandad de la buena suerte by Savater Fernando

La hermandad de la buena suerte by Savater Fernando

Author:Savater, Fernando [Savater, Fernando]
Format: epub
Published: 2010-01-05T23:21:53+00:00


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Vio acercarse vertiginosamente a Nosoygato, que esperaba a un lado del trayecto, y de reojo percibió al pasar junto a él cómo se lanzaba en su persecución, furiosamente alentado por Yukio Osabe. El veterano no era ni mucho menos un mal competidor y estaba perfectamente fresco, pero apenas consiguió mantener el paso dos o tres cuerpos detrás del ciclón dorado que arrastraba en su lomo al impotente Johnny. Sin embargo, inevitablemente, el derroche de energía de Espíritu Gentil empezaba a hacerse notar: es posible correr más que nadie un rato pero es imposible correr siempre y para siempre más que todos. Era evidente que Espíritu Gentil no competía contra Nosoygato ni contra ningún otro caballo presente, real, sino contra sí

mismo o contra secretos fantasmas del pasado... así como quizá también contra espectros venideros. Johnny notó perfectamente que el furioso corcel viajaba a toda velocidad sin respirar, en la loca apnea del supremo esfuerzo. Pero también se dio cuenta sin necesidad de mirar atrás de que el casi intacto Nosoygato estaba ya sobre ellos, ganando palmo a palmo terreno sin cesar. Y entonces decidió que nunca, nunca los alcanzaría mientras estuvieran juntos Espíritu Gentil y él. Dejó de intentar retener a su caballo ya exhausto y lo braceó enérgicamente, más rápido, aún más. A su derecha apareció obstinado y pugnaz el morro de Nosoygato, que avanzaba por su flanco... pero no pasó de ahí. Cuando cruzaron el poste de llegada, Espíritu Gentil -ya sin aliento-conservaba todavía medio cuerpo de ventaja sobre su rival. En cuanto saltó al suelo, Johnny ofreció entrecortadas excusas al entrenador:

«Lo siento, ha sido imposible. No hay quien pueda... no he podido controlarle.»

Wallace le quitó importancia al asunto y dijo unas pocas palabras tranquilizadoras, para dejar claro que no estaba irritado con él. Había empezado de nuevo a sentir el dolor, primero insinuante, un leve malestar o desasosiego, pero después cada vez más penetrante: volvía la puñalada. Se apoyó en el cercado de la pista y apretó los dientes. Temió estar poniéndose probablemente muy blanco. «No me puedo desmayar ahora, delante del Dueño.» No delante del Dueño, ni delante de sus muchachos.

-Ese chico, Pagal, monta bien. Va a ser muy bueno -comentó despaciosamente el propietario.

-Uno de los mejores.

-Sí, pero aún no lo es. No puede con mi caballo. Con ese caballo. Corriendo tan suelto, el Espíritu no ganará nunca a Invisible ni tampoco a... ya no recuerdo cómo se llama el otro.

- Kambises. -Ninguno de ambos nombres se le olvidarían nunca a Wallace.

-Eso es, los dos bichos del Sultán. Sin el jinete debido volveremos a perder, Wallace. Piénselo bien. No puede ser.

«Si aguanto un poco más, el dolor pasará. Cuando es tan agudo, pasa bastante pronto. Si pudiera tomarme el calmante... Está en la mesilla de noche.» Aún tuvo que intercambiar algunas trivialidades con el Dueño, hasta que don José se decidió a



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